Publicado el 28 Julio 2010.
Hace un tiempo, en una serie de crónicas sobre los pueblos de la Comunidad de Madrid, caí por Galapagar, villa serrana de saludable clima y bellos paisajes, uno de los lugares favoritos de veraneo de los madrileños capitalinos, desde hace más de un siglo, urbanitas que se vanagloriaban de "dormir con manta" en los días más calurosos de agosto, un privilegio que esgrimían ante sus vecinos que habían optado por la playa, un destino con más caché que otorgaba a los viajeros un bronceado más artístico y un cierto toque cosmopolita porque en la costa se confraternizaba con ciudadanos extranjeros que tenían otras costumbres y llevaban menos ropa. En el campo no había suecas, ni biquinis. Lo cierto es que no había suecas por ninguna parte, eran un mito, una serpiente de verano que se desenroscaba en la imaginación de los españolitos de meyba y playeras para conformar historias de ejemplares y presuntas conquistas junto al mar. Los primeros biquinis de las playas españolas se hacían notar por la presencia en la arena de adustos policías municipales convocados por las protestas de vetustas matronas nativas que no veían con buenos ojos que los de sus maridos e hijos se salieran de las órbitas ante la exhibición de fragmentos de la anatomía femenina generalmente vedados y velados por los censores, de oficio o de vicio, guardianes de la moralidad pública y de las buenas y rancias costumbres ibéricas.